Clóset Literario

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Por Saúl García

Leer poesía

A veces me resulta francamente increíble que la gente le saque la vuelta a la lectura de la poesía, cuando todos, absolutamente todos, nos sabemos de memoria o hemos conocido en alguna ocasión un poema.

Hay buenas canciones que sencillamente son buenos poemas, y la gente canta sin vergüenza esas canciones. Sin embargo, cuando se trata de leer poesía, la mayoría pone cara neófito, de ignorante respetuoso, como quien entra a un templo sagrado y no quiere hacer ruido para no profanar la fe de los creyentes.

En realidad, la poesía no es un campo amurallado al que sólo los expertos pueden ingresar para disfrutarla. Tampoco es un club de miembros escogidos, ni un código secreto que requiera años de meditación para descifrarlo. Cuando creemos eso, se nos olvida que la poesía ha influido en nuestra vida diaria de una manera muy clara y determinante, aunque esa influencia sólo pueda notarse cuando han pasado muchos años. Algo tan sencillo como decir: “Te amo”, no es una frase que haya sido común en la historia de la humanidad, sino que fue plasmada primero en los poemas y después pasó a formar parte de nuestro vocabulario sentimental y emocional. 

El amor, siendo el sentimiento más fuerte que pueden albergar hombres y mujeres, es también una idea que debió ser pensada primero y escrita después, para después propagarse a todos los seres humanos, a través de la poesía.

Fue en la Edad Media cuando surgió la idea del amor-pasión, en la que un hombre le declara su cariño y lealtad completa a una mujer, quien le corresponde dándole la exclusividad de su corazón. Desde entonces a la fecha ya llovió bastante, y ahora es algo muy común que en escuchemos historias de amantes que se mueren por no estar juntos y que a cada minuto se declaren su amor inmortal. Y eso se lo debemos, en gran medida, a la poesía.

Entonces, si uno quiere acercarse a la poesía, hay que entender que en ella no se habla de cosas o personas que no conocemos, sino de experiencias y sentimientos que todos compartimos. Esto significa que cuando leemos un poema no es tan importante saber lo que el autor quiso decir, como saber qué es lo que encontramos de nosotros mismos en el texto. La buena poesía sólo habla de cosas que nos hacen comunes a todos los hombres y las mujeres, y por eso, leer poesía no debería ser una práctica intimidante o poco placentera.

Claro que para disfrutar al máximo la lectura de un buen poema es necesario contar con cierta práctica, como sucede cuando probamos un buen vino. Hay quien dedica toda una vida a catar vinos y puede señalar cuáles son los mejores. Pero eso no impide que todos podamos probar el vino y escoger nuestras botellas favoritas. Lo mismo ocurre con la poesía.

Recuerdo un poema que leí de niño y que me gustaba mucho; se llama “Romance del camino de mi infancia”, escrito por Luis Cané. Hablaba de un hombre que en cierto momento de su vida cierra los ojos y recuerda un camino que recorrió siendo niño, un sendero que lo llenó de aventuras y alegría. “Mi infancia muy dichosa/ porque tuvo aquel camino/ corto para mis carreras/ largo para mi silbido”, dice en una estrofa. Se trata de un texto que tal vez los críticos no consideren una verdadera obra de arte, pero que para mí significa precisamente el regresar a mi infancia y disfrutar de las veredas por las que me llevaban mis ímpetus de niño.

Así, al leer poesía, cada uno de nosotros puede ir encontrando sus propios poemas, hacerlos suyos y, con ello, ampliar un poco más la experiencia de su vida.


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