Leer poesía
A veces me resulta francamente increíble que la gente le
saque la vuelta a la lectura de la poesía, cuando todos, absolutamente todos, nos sabemos de memoria o hemos conocido
en alguna ocasión un poema.
Hay buenas canciones que sencillamente son buenos poemas, y la gente canta sin vergüenza
esas canciones. Sin embargo, cuando se trata de leer poesía, la mayoría pone cara neófito, de ignorante
respetuoso, como quien entra a un templo sagrado y no quiere hacer ruido para no profanar la fe de los creyentes.
En
realidad, la poesía no es un campo amurallado al que sólo los expertos pueden ingresar para disfrutarla. Tampoco
es un club de miembros escogidos, ni un código secreto que requiera años de meditación para descifrarlo.
Cuando creemos eso, se nos olvida que la poesía ha influido en nuestra vida diaria de una manera muy clara y determinante,
aunque esa influencia sólo pueda notarse cuando han pasado muchos años. Algo tan sencillo como decir: “Te
amo”, no es una frase que haya sido común en la historia de la humanidad, sino que fue plasmada primero en los
poemas y después pasó a formar parte de nuestro vocabulario sentimental y emocional.
El amor, siendo
el sentimiento más fuerte que pueden albergar hombres y mujeres, es también una idea que debió ser pensada
primero y escrita después, para después propagarse a todos los seres humanos, a través de la poesía.
Fue
en la Edad Media cuando surgió la idea del amor-pasión, en la que un hombre le declara su cariño y lealtad
completa a una mujer, quien le corresponde dándole la exclusividad de su corazón. Desde entonces a la fecha
ya llovió bastante, y ahora es algo muy común que en escuchemos historias de amantes que se mueren por no estar
juntos y que a cada minuto se declaren su amor inmortal. Y eso se lo debemos, en gran medida, a la poesía.
Entonces,
si uno quiere acercarse a la poesía, hay que entender que en ella no se habla de cosas o personas que no conocemos,
sino de experiencias y sentimientos que todos compartimos. Esto significa que cuando leemos un poema no es tan importante
saber lo que el autor quiso decir, como saber qué es lo que encontramos de nosotros mismos en el texto. La buena poesía
sólo habla de cosas que nos hacen comunes a todos los hombres y las mujeres, y por eso, leer poesía no debería
ser una práctica intimidante o poco placentera.
Claro que para disfrutar al máximo la lectura de un buen
poema es necesario contar con cierta práctica, como sucede cuando probamos un buen vino. Hay quien dedica toda una
vida a catar vinos y puede señalar cuáles son los mejores. Pero eso no impide que todos podamos probar el vino
y escoger nuestras botellas favoritas. Lo mismo ocurre con la poesía.
Recuerdo un poema que leí de niño
y que me gustaba mucho; se llama “Romance del camino de mi infancia”, escrito por Luis Cané. Hablaba de
un hombre que en cierto momento de su vida cierra los ojos y recuerda un camino que recorrió siendo niño, un
sendero que lo llenó de aventuras y alegría. “Mi infancia muy dichosa/ porque tuvo aquel camino/ corto
para mis carreras/ largo para mi silbido”, dice en una estrofa. Se trata de un texto que tal vez los críticos
no consideren una verdadera obra de arte, pero que para mí significa precisamente el regresar a mi infancia y disfrutar
de las veredas por las que me llevaban mis ímpetus de niño.
Así, al leer poesía, cada uno
de nosotros puede ir encontrando sus propios poemas, hacerlos suyos y, con ello, ampliar un poco más la experiencia
de su vida.